Hay veces en la vida en las que nos sentimos felices sin un sentido aparente. Suele coincidir con aquellos periodos en los que nos encontramos más centrados, más tranquilos aunque no siempre es así. A veces hay flashes de lucidez que nos llevan a estados casi alterados de conciencia por la mera observación de cualquier elemento de la naturaleza, pero también de pequeños objetos o situaciones cotidianas que nos transportan a un Yo que está más allá de nosotros mismos.

En mi vida uno de esos momentos de indescriptible felicidad es cuando me llega mi pedido de aceites esenciales. Cuando abro el paquete repleto de pequeños botes es como si la madre naturaleza me dijera “toma, aquí tienes mi regalo”.  Y es que esos frascos contienen algo que aún del todo no puedo llegar a comprender, es como si en su interior se fraccionase la fuerza y la magia de la tierra, con todos sus múltiples matices y se nos ofreciese de una manera tan generosa, tan potente, tan incondicional, que de algún modo, al reconocerlo, no puedo por menos que resonar con un agradecimiento profundo y procurar trabajar con ellos desde un lugar realmente sagrado.

Los aceites me ofrecen un gran bienestar a nivel físico pero donde más me encuentro con todo su poder es cuando me acompañan en la búsqueda del mío. Siempre hay un aceite que me llama la atención de una manera más especial, y, al igual que con los cuarzos, lo que siento con ellos es que siempre van un paso por delante. Conocen mucho mejor que yo lo que necesito en cada momento y están ahí para ofrecerme su ayuda sin condiciones.

En una ocasión estaba usando el petit-grain porque simplemente me había “llamado”. Era un aceite cuyo olor no me había gustado nunca pero de repente eso había cambiado y se había convertido en uno de mis favoritos. Así que comencé a usarlo sin tener muy claro porqué (ya no suelo preocuparme por entender ciertas cosas…). En esos días realicé un pedido e incluí este aceite junto con otros muchos pero lo sorprendente fue que al recibirlo comprobé que habían metido “por error” un segundo frasco de petit-grain que además no me habían cobrado. Siempre suelen hacerme algún regalo con cada pedido pero jamás un aceite repetido….

Fue tan alto y tan claro el mensaje que, una vez más, no me quedó más que agradecer y continuar con el trabajo que había iniciado aún con más conciencia. Como no podía ser de otra manera, los resultados de ese proceso interno fueron maravillosos y evidentes.

Esta mañana he ido a buscar Fragonia en mi preciada caja de aceites esenciales pero, al abrirla, se ha volcado dejando que un montón de frascos salieran disparados contra el suelo acompañados del péndulo de amatista y cuarzo rosa que guardo junto a ellos.

No había pasado jamás. No se ha roto ninguno.

Y cuando he recapacitado, tras ver a mis preciosos aceites despedidos por el aire, he vuelto a recordar la desagradable sensación que me acompaña desde hace bastantes días, relacionada con una pérdida de poder que ya no me puedo permitir. Y he sabido que eso me estaban diciendo hoy, que si sigo así, todo mi poder saldrá también volando, desperdigado, desconectándome de quién soy y del lugar en el que debo estar.

Y una vez más, solo puedo decir GRACIAS

Helena Bejarano

1 Comentario. Dejar nuevo

  • ¿te creerás Helena que a mí me pasa lo mismo cuando recibo mi pedido de aceites esenciales? siempre descubro uno que se hace especial inmediatamente y, como tú, ya no pregunto (a eso lo llamo yo evolución), y sé que es el necesario en ese momento en mi vida.

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